Se mueven con sigilo durante el día. Están, pero casi no se les ve entre los andamios y las zonas que han cerrado para poder hacer su trabajo con discreción y sin obstaculizar el culto en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, uno de los lugares más santos para los cristianos. Aquí sitúa la tradición el lugar en el que Jesús fue crucificado y la cueva en la que se enterró el cuerpo. Al caer la noche, cuando se cierran las puertas y se van los peregrinos, es cuando llega su momento, encienden los focos y los expertos de la Universidad Nacional Técnica de Atenas se ponen manos a la obra. Este equipo griego, con experiencia en la Acrópolis o Santa Sofía de Estambul, lleva seis meses trabajando en la restauración del Edículo (derivado del latín aedicule o «casa pequeña»), la cámara en la que, según los Evangelios, se produjo el enterramiento y la posterior resurrección de Cristo.
«Todo va según los plazos marcados», aseguran sin perder un segundo porque el calendario corre y tienen que terminar antes de Semana Santa, pero saben que esta obra solo es el principio de la profunda renovación que precisa el templo. Una obra de restauración y conservación, que no incluye trabajo arqueológico, y que les permitió a finales de octubre acceder a la superficie misma de la que se considera la tumba de Jesucristo tras retirar durante 60 horas la cobertura de mármol que la cubría para estudiar su interior, por primera vez en la historia moderna. Un trabajo al que solo tuvieron acceso unos 50 religiosos y la Sociedad National Geographic, que mantiene una alianza estratégica con la Universidad Técnica Nacional de Atenas.

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